El Gritón: Voz revolucionaria

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viernes, 21 de febrero de 2014

La amenaza fascista en Venezuela

OPINIÓN ATILIO A. BORON
Atilio Borón es un politólogo y sociólogo argentino, doctorado en Ciencia Política por la Universidad de Harvard.

20/02/14.- La escalada desestabilizadora que actualmente sufre la Venezuela bolivariana tiene un objetivo no negociable: el derrocamiento del gobierno de Nicolás Maduro. No hay un ápice de interpretación de quien esto escribe en esta afirmación. Fue expresada en reiteradas ocasiones no solo por los manifestantes de la derecha en las calles, sino por sus principales líderes e instigadores locales: Leopoldo López (exalcalde del municipio Chacao, en Caracas, y jefe del partido Voluntad Popular), y María Corina Machado, diputada por Súmate a la Asamblea Nacional de Venezuela. En más de una ocasión se refirieron a las intenciones que perseguían con sus protestas, utilizando una expresión a la que regularmente apela el Departamento de Estado: “cambio de régimen”, forma amable y eufemística que reemplaza a la desprestigiada golpe de Estado. Lo que se busca es precisamente eso: un golpe de Estado que ponga punto final a la experiencia chavista. La invasión a Libia y el derrocamiento y linchamiento de Muamar El Gadafi son un ejemplo de “cambio de régimen”; hace medio siglo que Estados Unidos está proponiendo sin éxito algo similar para Cuba. Ahora lo están intentando, con todas sus fuerzas, en Venezuela.

Esta feroz campaña en contra del Gobierno Bolivariano –en realidad, un proceso de fascistización de larga data– tiene raíces internas y externas, íntimamente imbricadas y solidarias en un objetivo común: acabar con la pesadilla instaurada por el Comandante Hugo Chávez desde que asumiera la presidencia en 1999. Para Estados Unidos, la autodeterminación venezolana, afirmada sobre las mayores reservas comprobadas de petróleo del mundo, la derrota del ALCA y los avances de los procesos de integración y unidad en América Latina y el Caribe –la Unasur, el Mercosur ampliado, la Celac, PetroCaribe, entre otros–, impulsados como nunca antes jamás por el líder bolivariano, son desafíos intolerables e inadmisibles, merecedores de un ejemplar escarmiento. Para la oposición interna, el chavismo significó el fin de las prebendas y negociados que obtenía por su colaboración con el Gobierno de Estados Unidos y las empresas norteamericanas en el saqueo y el pillaje de la renta petrolera, y que encontró en los líderes y organizaciones políticas de la Cuarta República sus socios menores e imprescindibles operadores locales. Tanto Washington como sus peones estaban seguros de que el chavismo no sobreviviría a la desaparición física de su fundador. Pero con las presidenciales del 14 de abril del 2013 sus esperanzas se esfumaron: Nicolás Maduro prevaleció sobre Henrique Capriles por un porcentaje muy pequeño, pero suficiente e indiscutible, de votos. La respuesta de estos oligarcas travestidos en señeras figuras de la república fue primero desconocer el veredicto de las urnas y luego desatar violentas protestas que cobraron la vida de más de una decena de jóvenes bolivarianos, dejando heridos a unos cien, amén de la destrucción de numerosos edificios y propiedades públicas. Cabe consignar que al día de hoy, diez meses después de las elecciones presidenciales, Washington no ha reconocido formalmente el triunfo de Nicolás Maduro. En cambio, el inverosímil Premio Nobel de la Paz demoró horas en reconocer como triunfador de los comicios presidenciales hondureños del 24 de noviembre pasado –viciados hasta lo indecible y fraudulentos como muy pocos– al candidato de “la embajada”, Juan O. Hernández. El imperialismo no se equivoca al elegir a sus enemigos: los Castro, Chávez, ahora Maduro, Correa, Morales; y contrariamente a lo que algunos ingenuamente postulan, no existe una derecha que sea “oposición leal” a un gobierno genuinamente de izquierda. Menos aún cuando se trata de una derecha manejada por telecomando desde la Casa Blanca. Si se comporta con lealtad es porque ese gobierno ya fue colonizado por el capital. Pese a la violencia de los militantes de la Mesa de Unidad Democrática que sostenía la candidatura de Capriles, el Gobierno logró restablecer el orden en las calles. Contribuyeron a ello la clara y enérgica respuesta gubernamental y, además, la certeza que tenía la dirigencia de la MUD de que las próximas elecciones municipales del 8 de diciembre –que la derecha caracterizó como un plebiscito– les permitirían derrotar al chavismo para luego exigir la inmediata renuncia de Maduro o, en el peor de los casos, convocar a un referendo revocatorio anticipado, sin tener que esperar hasta mediados del 2016 tal y como lo establece la Constitución. Pero la jugarreta les salió mal porque fueron ampliamente derrotados por casi un millón de votos y nueve puntos porcentuales de diferencia.

Atónitos ante lo inesperado del resultado, que por primera vez le ofrecía al Gobierno Bolivariano la posibilidad de gestionar durante dos años los asuntos públicos y administrar la economía sin tener que involucrarse en virulentas y distractoras campañas electorales, los antichavistas peregrinaron a Washington para redefinir su estrategia en función de las necesidades geopolíticas del imperio y recibir órdenes, dineros y ayudas de todo tipo para sostener su proyecto desestabilizador. Derrotados en las urnas, ahora la prioridad inmediata era, como lo exigiera Richard Nixon para el Chile de Salvador Allende en 1970, “hacer chirriar la economía”. De ahí los sabotajes, las campañas de desabastecimientos programados y el desenfreno de la especulación cambiaria (según recomienda en su manual de operaciones el experto de la CIA Eugene Sharp); los ataques en la prensa, en donde las mentiras y el terrorismo mediático no conocen límite o escrúpulo moral alguno y, luego, como remate, “calentar la calle”, buscando crear una situación similar a la de la ciudad de Bengasi en Libia, capaz de desbaratar por completo la economía y desatar una gravísima crisis de gobernabilidad que tornase inevitable la intervención de alguna potencia amiga, que ya sabemos quién es, para que acudiese en auxilio de los venezolanos para restaurar el orden quebrantado.

Una tras otra, todas estas iniciativas terminaron en el fracaso, pero no por ello la derecha abandonará sus propósitos sediciosos. Leopoldo López se acaba de entregar a la justicia y es de esperar que esta le haga caer, a él y a su compinche, María Corina Machado, todo el peso de la ley. Llevan varias muertes sobre sus mochilas y lo peor que le podría pasar a Venezuela sería que el Gobierno o la justicia no advirtieran lo que se oculta dentro del huevo de la serpiente. En situaciones como éstas, y ante enemigos como éstos, cualquier intento de “reconciliación nacional” o de “línea blanda” es la segura ruta hacia la propia destrucción. Los fascistas y el imperialismo solo entienden el lenguaje de la fuerza. López y Machado deberán recibir un castigo ejemplar, siempre dentro del marco de la legalidad vigente, y no deberían descartarse violentas manifestaciones para exigir su inmediata liberación. Tampoco habría que desechar la hipótesis de que, en su desesperación, la derecha pudiese apelar a cualquier recurso, por aberrante que sea. Pero el procesamiento y castigo de los instigadores de tanto derramamiento de sangre no será suficiente para aventar el riesgo de un brutal derrocamiento del Gobierno Bolivariano; la única garantía estriba en la activa movilización y organización de las masas chavistas para sostener a “su revolución”, con sus muchos aciertos y también sus errores. Eso es lo único que permitirá aventar el peligro de un asalto fascista al poder que pondría sangriento fin a la gesta bolivariana, desencadenando una oleada reaccionaria que reverberaría en el continente. De ahí que lo que está en juego en estas horas no es solo el futuro de Venezuela sino el de toda Nuestra América.

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Atilio Borón es un politólogo y sociólogo argentino, doctorado en Ciencia Política por la Universidad de Harvard.

lunes, 17 de junio de 2013

El fascismo siempre ha sido el último recurso de la burguesía en tiempos de crisis

Por José Vicente Rangel

1  La noche del pasado 15 de abril, el carpintero y militante del Psuv José Luis Ponce fue asesinado de un disparo en la cabeza. Regresaba a su casa luego de impedir que unas personas, estimuladas por el discurso del candidato Henrique Capriles pidiendo a sus partidarios descargar su “arrechera” -esa fue la expresión que usó- por el anuncio del Consejo Nacional Electoral declarando triunfador en las elecciones del 14-A a Nicolás Maduro. El hecho ocurrió en el sector La Limonera, Baruta, y el autor material, Carlos Serrano, fue detenido y acusado por el Ministerio Público de homicidio calificado, tanto en el caso de Ponce como en el de la dirigente del mismo partido Rosiris Reyes. También la Fiscalía acusó de homicidio intencional por la muerte de Hender Bastardo en Cumanacoa (Sucre), a los hermanos José y Rodrigo Hernández. Igual en el municipio Córdova (Táchira), donde José Galvis, Joel Contreras y José Omar León fueron imputados por el homicidio calificado de Henry Rangel La Rosa. En ese estado también fueron imputados Alberto Díaz Galvis e Ibsen Colmenares por la muerte del oficial de la Policía Nacional Bolivariana Keler Guevara. Igual avanza la investigación del asesinato de tres personas en Zulia -entre ellas un niño-, arrolladas con premeditación por el conductor de un camión, y de una persona fallecida a consecuencia de un balazo en la cara, cerca del CNE en el estado. Las víctimas de la violencia que desató el mensaje del excandidato opositor fueron once, y setenta heridos, además de los daños materiales a instalaciones públicas y locales del Psuv.

2  Todo indica que la impunidad, heredada de la IV República, está teniendo respuesta. No en la proporción en que el país aspira, es decir, respuesta rápida e implacable, como debe ser la justicia en democracia. Mas lo cierto es que empieza a verse la luz en el túnel. El papel que cumple el Ministerio Público, dirigido por Luisa Ortega, es determinante en el viraje hacia la responsabilidad y adecentamiento de las instituciones. Reflexionando sobre el dinamismo y coraje que se le imprime hoy por hoy a ese despacho, dije ante un grupo de trabajo que si durante la sórdida etapa puntofijista se hubiese contado con un accionar como el actual, se habría salvado la vida, o evitado la tortura y desaparición, a miles de compatriotas.

3  Hoy más que nunca, tanto el Estado como la sociedad requieren de recursos legales e instituciones sólidas y eficaces para enfrentar una manera de hacer política que se abre paso en el país, apuntalada en el delito y la violencia. El abordaje del tema, en esencia político, como todo cuanto hoy ocurre, es apremiante. ¿A qué me refiero? A que en la sociedad venezolana -al igual que en otras en el mundo- hay una oscura zona de irracionalidad donde se refugia la violencia de un sector social que adopta peculiares formas de acción cuando presiente el peligro. Se trata del fascismo. Latente en tiempo de normalidad, cuando los factores que lo integran no se consideran amenazados, pero capaz de irrumpir con virulencia cuando las circunstancias lo ameritan.

4  El fascismo en países europeos, al igual que en latinoamericanos, tiene diversas expresiones. Pero hay una constante en el fenómeno -en Alemania, Italia; en Francia, Bélgica, Noruega, los Balcanes ocupados, así como en Chile, Argentina, Brasil, Uruguay. El fascismo siempre ha sido el último recurso de la burguesía en tiempos de crisis. Cuando el sector social, político y económico que detenta el poder es desplazado, opta por reaccionar pateando las reglas de juego. Lo vivió en agraz Venezuela en los años 2002-2003 con el golpe del 11-A, el paro petrolero y el terrorismo. Sólo que ese sector no logró el cometido de retornar para abolir las conquistas de la revolución bolivariana. Pero la tendencia se mantuvo expectante. Consciente de que la repetición del formato de los años de la conjura abrileña fracasaría otra vez, optó por asumir la vía del sufragio. Siempre en la cuerda floja, avanzando sobre ella y manteniendo, simultáneamente, como objetivo la desestabilización tanto en el discurso como en los hechos.

5  Ahora la oposición, cuando la vía electoral le reporta beneficios -pero no suficientes para imponerse en las urnas-, entrega la conducción a un grupo fanático, cultor de la violencia, para el cual la legalidad es una banalidad o un estorbo, que aplica con descaro una política que le permite columpiarse entre la actividad legal y la ilegal. La mención, al comienzo de la columna, del asesinato de once militantes y setenta heridos del Psuv, de asaltos a locales públicos y casas de partido, hechos promovidos con un lenguaje irascible, provocador, sin precedente en el país; es decir, la manifestación rampante de un activismo inspirado en los códigos que el fascismo dejó como legado siniestro -revivido periódicamente feroz resentimiento clasista-, guarda relación con la prédica de José Antonio Primo de Rivera en la España acosada por el fantasma de la guerra civil. El fundador de la Falange comandó a un grupo de jóvenes agitadores políticos que actuaba en representación de una clase social asustada con la crisis y el estímulo de la derecha autoritaria, con el propósito de crear condiciones para un levantamiento militar. Primo de Rivera dijo entonces, en un discurso en el Teatro La Comedia de Madrid: “Si nuestros objetivos han de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de la comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria”.

6  La “dialéctica de las pistolas” funciona ya en Venezuela. El pasado 15 de abril el país vivió una demostración contundente de ese tipo de violencia, que el mismo sector político-social llevó a cabo mediante el mensaje y la acción el 2002 con el golpe del 11-A, el petrolero y la guarimba en las calles. Acciones de las que nunca se arrepintió y que, por el contrario, reivindica con nostalgia. Ese sector pretende repetir el formato. Por eso desestima o, simplemente, no le importan los once muertos, los setenta heridos y los daños a propiedades del Estado y partidistas. A lo sumo, los autores intelectuales afirman con cinismo que la cifra es irrelevante ante el número de víctimas que provoca el hampa. Pero la condición infrahumana, la miseria de quienes alentaron ese episodio, premonitorio de lo que tienen planeado; de la disposición irreductible de utilizar el atajo de la subversión para llegar a donde sea necesario, se refleja en lo siguiente: Un entrevistador del canal Telemundo -José Díaz Balart- le preguntó a Capriles acerca de lo dicho por el canciller Jaua a funcionarios de EEUU sobre su responsabilidad (la de Capriles) en las 10 muertes causadas por la violencia de su discurso después de la elección de Maduro, y el excandidato respondió: “¡Nos tiene sin cuidado lo que diga!”. La vida humana tiene sin cuidado a Capriles -¿y a sus seguidores? Once muertos no dan ni para una aclaratoria. No importa sacrificar la vida humana en el altar de la irracionalidad política, impuesta -como dijera el fascista español- con la “dialéctica de las pistolas”. El fenómeno del fascismo en Venezuela ya no es posibilidad sino realidad; no es ficción, sino concreción de un pensamiento, en apariencia anacrónico, pero que subyace como respuesta al miedo letal de un sector social que avanza a través del entramado institucional y la quiebra de valores fundamentales. Es este el mayor desafío que hoy enfrenta la democracia venezolana. Que, además, tiene nombres y apellidos.


José Vicente Rangel
jvrangelv@yahoo.es
Tomado de Ultimas Noticias

miércoles, 1 de mayo de 2013

Del fascismo del siglo XX al fascismo del siglo XXI

 

Juan Eduardo Romero J.
Rebelión

El fascismo como fenómeno político-ideológico tiene un contexto específico en el pasado Siglo XX y otro, completamente nuevo en el Siglo XXI. El Fascismo como fenómeno característico de la historia de la 1era mitad del Siglo XX, debe ser entendido en un contexto de negación de la lógica del pensamiento liberal y su acción hegemónica. La crisis del sistema-mundo en los inicios de la primera y segunda década del pasado siglo, producto de los desarrollos especulativos del mercado financiero que se desarrolló agitadamente en ese período, fue asignada completamente a la responsabilidad del pensamiento liberal y sus excesos.
La lógica del “dejar hacer-dejar pasar” que caracterizó los mercados de capitales en consonancia con el impulso del pensamiento imperialista, tuvo sus efectos catastróficos en una cruenta crisis económica que impulso la confrontación entre los Grandes Imperios del Siglo XIX, que se negaban al cambio de época. Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia y Japón, entraron en una carrera armamentística que se extendió por casi todo el mundo. En ese contexto, la aparición emergente de un nuevo tipo de imperialismo basado en el desarrollo de una fuerte industria militar, propugnada por los EEUU, sería la marca esencial que caracterizaría el resto del Siglo XX.
Como una reacción a la crisis creada, por la especulación económica y la ausencia de reglas para el control financiero, fue surgiendo una matriz de pensamiento que asignándole todas las responsabilidades al capitalismo liberal, proponía una nueva acción colectiva distinta. Sería la base de desarrollo del pensamiento Fascista. El gran pensador italiano Umberto Eco caracteriza al Fascismo de la siguiente manera:
Culto de la tradición, de los saberes más tradicionales
Rechazo al modernismo, a la ilustración.
Culto de la acción por la acción. Pensar es una forma de castración.
Rechazo del pensamiento crítico.
Miedo a la diferencia (cultural, étnica, social).
Llamamiento a las clases medias frustradas para recuperar su “status”.
Xenofobia
“Miedo al enemigo”.
Principio de Guerra permanente.

Elitismo, desprecio por los débiles.
Culto a la muerte.
Debe verse al fascismo como un momento particular del desarrollo del capitalismo y que como éste, tiene la capacidad de superar sus propias limitantes y problemas. El fascismo es una parte más del capitalismo. Es una forma de gobierno específica que la clase dominante utiliza como única salida, en momentos extremos, para acabar con toda oposición de la clase trabajadora.
La historia nos demuestra, sin lugar a dudas, que hay una unión inseparable entre fascismo y capitalismo. Y que detrás de toda la fraseología demagógica que los nazis usan acerca de un nuevo sistema totalmente diferente al capitalismo, se esconde la realidad que, de manera precisa, expone Sebastian Balfour en su libro sobre la situación de la clase trabajadora durante el franquismo, La dictadura, los trabajadores y la ciudad: "De hecho, el principal objetivo del nuevo orden fue restaurar plenamente el sistema capitalista en fábricas, minas, oficinas y haciendas y asegurar que nunca más sería amenazado por un levantamiento social".
Tanto el gobierno de Hitler como el de Mussolini y el de Franco fueron consecuencia de la reacción de sectores decisivos de la clase dominante y de la máquina estatal para aplastar toda resistencia de los trabajadores, que se negaban a pagar la crisis que los propios dirigentes habían creado.
Esta reacción que acaba por dar el poder a los fascistas representa la desaparición total de la oportunidad de luchar, de organizarse por parte de la mayoría, representa la desaparición de toda resistencia durante años, si no décadas. De toda posibilidad de expresar ideas diferentes a las del régimen, no sólo ideas socialistas, sino religiosas o científicas. Sólo hay que observar la primera mitad de la España franquista, con todo su entramado policial de vigilancia sobre cualquier movimiento individual, para percatarse de que toda libertad de expresión y toda forma de democracia desaparecieron. Muestra la diferencia entre la democracia burguesa y la dictadura fascista.
Llamarles a los dos con el mismo nombre deja a la gente inmovilizada contra los verdaderos nazis, como lo hizo la absurda política de Stalin en Alemania cuando los nazis estaban creciendo. El partido comunista se negó a aliarse con los socialdemócratas, argumentando que eran "socialfascistas", equivalentes a los nazis.
El funcionamiento del movimiento fascista se basa en la confrontación directa en las calles. Los nazis buscan el control de las calles: no es casualidad que, tanto el partido nazi catalán Estat Català, como el partido de Le Pen en Francia, salgan unos el 11 de septiembre con sus uniformes y su actitud marcial.
Los nazis hacen esto por dos razones: la primera, aterrorizar con sus marchas militares a la gente que no está de acuerdo con ellos y, la segunda, es que les sirve para presentarse como algo importante, para convencer a las clases medias y al lumpen de unirse a ellos. En palabras del nazi Goebbels: "Quien controla las calles conquista las masas, y quien conquista las masas controla el estado."

Los fascistas no se hacen con el poder a través del argumento sino a través del terror. Su medio principal no es el parlamento, aunque eso no significa que no lo aprovechen. Su medio es la confrontación de su base contra toda organización que no acepte sus planes totalitarios, y si bien los éxitos electorales de los nazis no han desaparecido en estos dos últimos años, no son su campo más importante. El fascismo necesita dos factores principales para tomar el poder: el apoyo de un movimiento reaccionario de masas en la calle y el de la clase dirigente (empresarios, organismos represores e Iglesia incluidos).

EL FASCISMO EN LA VENEZUELA DEL SIGLO XXI

 Sí entendemos, tal como lo hemos señalado, que las formas que adquiere el fascismo se corresponden con ajustes a las lógicas de dominación, subordinación y control que impulsa el capitalismo, debemos entender también que estas formas se ajustan, se flexibilizan, se mimetizan pero nunca pierden su carácter de dominación de clase e imposición coactiva.
El fascismo italiano, o nacional-alemán o el fascismo español de la 1era mitad del siglo XX, fueron muy directos y cruentos en su accionar, basados además en un control a través del Estado, asegurando la subordinación de los trabajadores y persiguiendo cualquier expresión crítica o diferente a la “uniformidad” impulsada. Ese proceso “abierto” fue fácilmente identificable y contundentemente atacado por todo el pensamiento liberal, por los peligros que representaba para sus propios intereses.
No obstante, el Fascismo nutrió el pensamiento capitalista-liberal y le permitió “comprender” el impacto de la propaganda como instrumento político de control. La “masificación” de los colectivos, bajo las ideas que concluyeron en el planteamiento de la globalización o “universalización cultural”, son una nueva forma de fascismo. Muy bien mimetizada, camuflada, disfrazada para que no se produzcan reacciones colectivas contra ellas. En el fondo, el tema sigue siendo el mismo: como asegurarse la apropiación del trabajo del ciudadano y la transformación de ese trabajo en plusvalía desde la cual se impulsa la acumulación, la riqueza de los sectores propietarios.
En el caso venezolano, la realidad del capitalismo liberal de la 2da mitad del siglo XX se articuló perfectamente con la democracia representativa, para crear “una ilusión de armonía”. Todo el Estado busco en su accionar “desaparecer” el conflicto. El conflicto no existió en Venezuela. Fuimos “totalmente felices”. Ese es el gran éxito del capitalismo liberal y la democracia representativa en Venezuela: borrar del imaginario colectivo la violencia institucional a través del Estado, mediante la cual se expresaban los sectores dominantes y propietarios.
La “ilusión de armonía” se quebró con dureza en el Caracazo (27-28-29 de febrero de 1989) y ello generó un “despertar” de los signos de violencia que estaban supeditados al control propagandístico del Estado. La elevación de las protestas sociales violentas, coactivas, movilizante entre 1989-1992 fue notoria y con ello surgió la explicación del Estado dominante: los venezolanos “rompieron” los cristales de la mejor democracia del Latinoamérica.
La realidad es completamente distinta. La expresión de los humildes, los invisibilizados, los subordinados, los subyugados a través de la protesta evitó cayéramos en un clima de guerra civil. El surgimiento de Hugo Chávez y el resto de los COMACATES (Comandantes-Capitanes y Tenientes) en conjunto con sectores civiles de la izquierda comprometida canalizaron el descontento a partir de 1992 y lo transformó en una acción política, que evitó que el dolor de la exclusión tuviera consecuencias funestas para la historia política venezolana.
No obstante, en la figura de Chávez existe desde el punto de vista histórico y étnico un gran problema para las élites dominantes. Chávez es un “zambo”, surgido de descendiente afrovenezolano e indígena, los dos sectores sociales tradicionalmente subordinados y sometidos. El surgir de Chávez es el surgir de los sectores dominados e invisibilizados y por ello, la reacción de la derecha fue inclemente hasta el día de hoy.
Chávez fue un hombre consciente de su propia historia (la de la dominación y el ocultamiento de su condición étnica) y de la necesidad de reivindicar a través de él, a miles y millones de venezolanos que nunca tuvieron voz, ni existieron para el Estado Dominante, más allá de ser sujetos manipulables en las elecciones. Por eso Chávez transforma el sentido de la política en el país. Convierte la política no en un instrumento de dominación, sino en un frente de liberación. Mandar-obedeciendo se contrapone a la lógica de mandar-mandando. La primera significa que se ejerce el poder no para el propio beneficio, sino como una acción colectiva de co- responsabilidad entre quién otorga el mandato (poder constituyente) y quién recibe ese mandato (poder constituido). La lógica de mandar-mandando contraviene ese sentido. Mandar-mandando se traduce que el poder constituido se impone sobre el poder constituyente. No hay delegación, no hay vínculo de construcción colectiva.
Por eso Chávez fue objeto del odio fascista de la clase media en Venezuela, que tradicionalmente negó su condición étnica y se dejo “seducir” por la ilusión de armonía. La clase media, que fue beneficiada por las políticas sociales durante mucho tiempo, que se le posibilitó su ascenso social a través del uso de la renta petrolera, negaba sus orígenes humildes y se asumió diferente al resto de los venezolanos. Cuando con Chávez dejó de ser sujeto esencial de la política del estado, comenzó a desarrollar un “odio fascista” hacia el “otro”, que asumió deshumanizado, iletrado, inculto, casi salvaje. Las expresiones “hordas” “chavista ordinario”, fueron parte de la simbología lingüística usualmente empleada para expresarse hacia los colectivos que se movilizaron y generaron una infinidad de triunfos electorales al Comandante-Presidente (17 victoria de 18 eventos electorales entre 1998-2013).
Para las elites dominantes, que controlan los medios de comunicación, que bombardean con representaciones de los social, lo cultural y lo político a los venezolanos, que “viven” esclavizados de las Pantallas (Televisor, celular, computadoras), Chávez y la Revolución Bolivariano son un “peligro” para su propia existencia. El pensamiento discriminatorio, fascista, toma cuerpo en primer lugar en la clase media, la cual percibe más de cerca lo que considera una terrible amenaza. Encantada, mirando hacia la inalcanzable clase superior, le horroriza el surgimiento de las clases inferiores de las que huye. Es la clase social y económica que más profundamente cree en la necesidad de las diferencias sociales. Sin argumentos profundos, pues no los hay, la necesaria diferenciación social la apoya en argumentos racistas y académicos.
Este terror a la igualdad, de la que huye despavorida, es un excelente caldo de cultivo para la única clase que tiene razones para temerle: la gran burguesía o la oligarquía agraria. Todo el poderío propagandista de la clase superior es volcado, desde una aparente indiferencia, sobre la vulnerable clase media. El mensaje constante, machaconamente repetido, está siempre referido a la exaltación de valores como el éxito por la competencia, el esfuerzo propio y la superación personal, -tan caro a este segmento de población- tanto como a la presentación del pueblo como horda despreciable, culpable de su propia situación, flojo, pedigüeño, irresponsable, sin méritos para acceder a lo que con tanto esfuerzo y sacrificio obtuvieron ellos.
Por eso las máximas expresiones del odio fascista del Siglo XXI se dieron en las cercanías de sectores de la clase media, que ven como un peligro la existencia “diferente” del otro, que recibe atención, educación, salud, que se convierte en sujeto de pleno derecho y que es un ciudadano en potencia. El Fascismo del Siglo XXI debe tomar la calle violentamente para evitar esa “ciudadanización” de la política. Debe retrotraer la política a la vieja violencia inmovilizante de otrora y que la participación sólo se restrinja a un momento electoral.
Un sujeto protagónico, capaz de definir su propio rumbo a través de la herramienta del poder popular es una amenaza para el status quo del pensamiento capitalista, pues es cada día más consciente de la explotación a la cual es sometido constantemente y ante la cual, el Estado a través de la democracia participativa y protagónica, le ha dado más instrumentos y herramientas para la lucha en términos de clase.
Ante eso, el Fascismo propende a tomar la calle, a ejercer la violencia en toda su expresión y se enmarca en una estrategia de ocultamiento de su propia violencia. Hay un mimetismo de la violencia. Ella no existe, es solo la concreción de un “deseo de libertad”, de una expresión de “justicia”, es la concreción de “mi derecho político”, ante un Gobierno “Tiránico”. Esta acción discursiva se conoce como asimilación negativa. Es decir, los elementos negativos que yo mismo experimento, se los endilgó al otro, transformando a la víctima en culpable protagonista. Es eso lo que ha sucedido con los 8 compañeros muertos. Son “víctimas” de la propia violencia de la Revolución Bolivariana. No son víctimas del Fascismo de Capriles y sus estrategias comunicativas de terror.

El fascismo del Siglo XXI se caracteriza por:
La utilización de los medios y de la comunicación política para extender sus lineamientos y acciones.
El ocultamiento de sus características ideológicas de “derecha”, evitando declararse abiertamente a favor del capital.

La asimilación de banderas políticas de la izquierda insurgente: derechos sociales, reivindicación de lo popular-colectivo.
Acción coherente y violenta en forma sistemática cuando así lo considera, para generar retrocesos en la acción colectiva emancipadora.
Creación del “terror” a lo popular, como una amenaza que agrede las formas de vidas y el status quo de los sectores propietarios e históricamente dominantes.
Formación de matrices de información manipulada y repetida hasta la saciedad, que se convierten en justificación de la acción violenta mimetizándola como acción por la “libertad y la justicia”.
El Fascismo del Siglo XXI tiene la meta de penetrar y desmontar toda la estructura de apoyo social y popular que levantó hasta ahora la Revolución Bolivariana, para ello el impacto de la violencia, la contundencia de la misma, a través de una acción sistemática es clave, para generar una inhibición del movimiento popular, que se debe someter ante el “miedo” y con ello pasar de la acción a la inacción, que sólo permitirá que la acción colectiva del fascismo se imponga. Advertir sobre esta estrategia adelantada con apoyo de los medios de comunicación es vital para consolidar el Proceso Revolucionario.